El Periódico de Aragón

J. MARIA Terricabras J. MARIA Terricabras

En los últimos años, la llamada «violencia doméstica» se ha convertido en un gravísimo problema social. Todos los miembros de la familia están expuestos a esta violencia –mujeres, hombres, niños y ancianos–, pero es un hecho terrible que, en España, haya centenares de mujeres –jóvenes y mayores– asesinadas por sus parejas, en muchos casos cuando ya no vivían juntos. Francamente, no entiendo por qué utilizamos la expresión suave violencia de género, cuando se trata, pura y simplemente, de violencia sexual. Es cierto que los agresores no siempre actúan con un objetivo sexual, pero su violencia se sustenta casi siempre en la idea perversa de que la mujer es posesión del hombre, que es su propiedad. Por eso intenta destruirla cuando ella manifiesta alguna señal de vida o de opinión propias. La obsesión por la posesión, por la exclusividad del control, se manifiesta en el principio egoísta «o mía o de nadie».

POR DESGRACIA,el abuso y la exhibición de fuerza se dan en muchos lugares. Pero en casa la dominación sexual hace que los abusos sean más privados, más peligrosos. Por ello, no me gustaría hablar sólo deviolencia de género, ni me parece que sea conveniente disimular su componente sexual, absolutamente determinante. Demasiadas mujeres viven sometidas a sus compañeros en una actitud servil, a veces revestida de virtud. Aunque a muchas ni esta actitud servil las puede proteger de las iras de quien se considera su amo absoluto, tanto sexual como económico y social. El dispone sobre la vida y la muerte de la compañera y, por extensión, sobre los hijos.

Esta realidad dramática debe combatirse con la educación de los chicos, con la generalización de la capacidad de independencia de las chicas, con el rechazo de cualquier principio de desigualdad entre hombres y mujeres, pero también con leyes. El Gobierno ha solicitado varios dictámenes sobre un proyecto de ley integral contra la violencia doméstica, que prevé una discriminación positiva a favor de las mujeres amenazadas. El Pleno del Consejo General del Poder Judicial acaba de pronunciarse sobre ello negativamente, con una votación muy ajustada de 10 contra 9. A 10 miembros del Consejo les parece que esta discriminación positiva es, desde un punto de vista penal, «censurable».

No entraré en cuestiones penales que desconozco. Aunque parece que algunos jueces piensan que «discriminar es siempre malo», incluso anticonstitucional. Y eso sí me resulta extraño. Estoy seguro de que los jueces aceptan que nosotros –y ellos– discriminemos constantemente y con toda naturalidad cada día: porque elegimos unos productos en lugar de otros, preferimos unos amigos a otros y rechazamos programas, doctrinas u opiniones, precisamente con el argumento de que existen otros mejores. En todos esos casos, discriminar significa, simplemente, distinguir, diferenciar. También se da, por cierto, otro uso del verbo: cuando alguien discrimina a personas o grupos con la intención de segregarlos o infravalorarlos. Esta es la única discriminación negativa. Y de este tipo es precisamente la discriminación que ejercen los maltratadores contra sus víctimas.

TODO ELLOseguro que lo aceptan los jueces. Aunque algunos sostienen que las leyes no deberían discriminar nunca, en ningún sentido. Esto es lo que resulta difícil de entender. Porque, si es obvio, por definición, que las leyes no deben discriminar negativamente, también lo es que tienen que luchar contra la discriminación negativa. ¿Y cómo va a lograr una ley enderezar una situación de discriminación si no puede hacerlo en dirección contraria, si ante, por ejemplo, la discriminación negativa de los maltratadores, no puede hacer una discriminación positiva a favor de las mujeres, para que recuperen la libertad, la dignidad y el derecho a la vida que sus hombres les pretenden quitar? Si las leyes no pueden discriminar, ¿podrán proteger al inocente? ¿O sólo podrán sancionar al culpable?

Es evidente que una ley contra la violencia doméstica tiene que ser útil a todos los miembros de la familia. Pero tiene que proteger, principalmente, a las mujeres amenazadas por hombres posesivos, coléricos y brutales. No sé en qué tecnicismos pensarán los que se oponen a esto. Pero cuando invocan a la Constitución a su favor, quizá no se dan cuenta de que están descalificando a la Constitución. Porque, si la Constitución no sirve para defender positivamente a los ciudadanos que más lo necesitan, ¿para qué sirve?

*Catedrático de Filosofía

http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/opinion/violencia-y-discriminacion_126293.html